Birthmother Stories

Chrissy PicLa Historia de Crissy

Para empezar, conocí a Nate en la secundaria. Hemos sido novios desde que nos conocimos pero nuestra relación siempre ha sido inestable y hemos terminado y regresado muchas veces. Tuvimos una relación de co-dependencia muy enfermiza que nos causó mucho sufrimiento y dolor. Aún así, no cambiaría esta experiencia por nada en el mundo porque me ayudó a ser la persona que soy hoy y todavía lo quiero mucho.

Bueno, todo empezó así. Era el día de San Valentín del 1996. Nate y yo estábamos pasando por otra mala racha y yo estaba en casa sola. De repente, apareció en mi casa y me sorprendió con un ramo de rosas y un osito de peluche.

Entonces volvimos a ser novios y después, el 10 de marzo, cuando no me vino la regla, sabía que tenía problemas. Ignoré el asunto pensando que era relacionado al estrés o que no había calculado bien cuando me iba a bajar la regla. Después de unos tres meses, empecé a darme cuenta que a lo mejor estaba embarazada y que debería ir al doctor. Así que fui, me examinó la doctora y me dijo que ya tenía entre 4 y 5 meses de embarazo.

Empecé a llorar y me puse histérica. La idea de tener sólo unos cuantos meses de embarazo no me hubiera alterado tanto, pero la realidad de saber que ya tenía casi 5 meses esperando me mortificó muchísimo. Después, conseguí un libro titulado “What to Expect While You're Expecting” (“Lo que Debe Saber cuando está Esperando"), aunque no te explica qué sucede a los 19 años de edad ni cómo  decírselo al novio. Me sentí completamente enajenada, regresé a mi casa y me tumbé en la cama. Enseguida Nate se dio cuenta de que algo andaba mal. Por fin me preguntó si estaba embarazada y le dije que sí.

Vino a verme y trató de convencerme de tener un aborto. Nos peleamos. Su madrastra me pidió que fuera a verla y me dio una lista de las agencias de adopción en el área y me explicó que la adopción era realmente mi única opción. Estoy segura de que me echó todo un discurso sobre el tema pero no le hice mucho caso. Sabía con toda el alma que quería tener a mi bebé. Tenía mucho miedo y no sabía qué iba a hacer, pero de lo que estaba segura era de que quería criar a mi propia criatura y que no iba a entregar mi bebé a ningún desconocido.

Después de mucha presión de parte de Nate, empecé a llamar a algunas de las agencies registradas, no necesariamente porque me había dejado convencer sino porque quise obtener más información al respecto. Las primeras agencias que contacté no fueron nada cordiales conmigo. Me dijeron que se pondrían en contacto más tarde pero nunca lo hicieron. Entonces me enojé y decidí buscar en las Páginas Amarillas. Descubrí un anuncio de Independent Adoption Center y los llamé. ¡Fueron súper amables conmigo desde el primer momento! Fue un cambio tan refrescante después del trato que me dieron en las otras agencias. Inmediatamente me enviaron un paquete informativo sobre la adopción ABIERTA (una verdadera revelación para mí) y algunas cartas tituladas “Queridas Madres Biológicas”.

Leí las cartas llorando. Quería poder tener un bebé para cada una de esas mujeres. Ni siquiera leí las cartas de la gente que ya tenía hijos, aunque muchas de las madres biológicas con las que he hablado dijeron exactamente lo contrario. Desde mi punto de vista, la idea de querer tener un hijo tanto y de llegar a un hogar vacío me parecía mucho más triste. Entonces empecé a investigar dónde vivía la gente. Hubiera sido difícil para mí arreglar visitas para ir hasta el otro extremo del país. Por fin, encontré la pareja ideal. Eran TODO lo que yo quería. Tenían estabilidad y seguridad económica, tenían buenos valores familiares y no eran demasiado religiosos. También parecían muy amables y tiernos. Les hablé y les dejé un recado. Esa noche salí con Nate. Me devolvieron la llamada esa noche pero no me sentí lista para hablar con ellos en ese momento. No pude dejar de preguntarme a mí y a Nate la siguiente pregunta: “¿querrán tanto a mi bebé como yo?” Ahora me doy cuenta de que fue una pregunta tonta. Claro que iban a querer a mi bebé incondicionalmente. Yo también había sido criada por un hombre que no era mi padre biológico. ¡Y que no se le ocurra a nadie decirme a mí ni a él que no es mi papá! Ahora escuchen la historia de Anderson.

Después de una llamada telefónica al día siguiente que duró como 2 ó 3 horas, decidí que esta pareja definitivamente serían buenos padres para mi bebé. Los quise inmediatamente y estaban dispuestos a darme todo lo que yo necesitaba.

Decidimos conocernos y yo estaba tan nerviosa. Me quedé pensando… ¿y qué tal si no me quieren?, ¿qué tal si piensan que soy muy bajita de estatura o cualquier otra tontería? El embarazo a veces juega con la mente, por si no lo sabes. Nuestra primera reunión fue muy buena y de repente me di cuenta que esta pareja eran los padres que estaba buscando. Me cayeron muy bien. Eran muy amables y felices y querían tener una relación como la que yo estaba buscando. Decidimos hablar por teléfono y pasar tiempo juntos para conocernos mejor antes de que naciera el bebé. Ahora que lo pienso mejor, me arrepiento de no haber incluido a mis papás en esta decisión. ¡Pero sólo con la experiencia llega la sabiduría!

Jean y yo empezamos a ir juntas a mis citas con el médico y a salir de compras. Pasamos mucho tiempo conociéndonos, escogiendo ropita para el bebé y papel tapiz para su cuarto. Después de unas semanas, nos enteramos que íbamos a tener un varoncito. Entonces Jean y Alex empezaron a pensar en nombres para el niño. Pronto, decidieron que el nombre que querían darle era Anderson. A partir de ahí, ¡el tiempo pasó volando!

Hablamos de lo que pasaría si yo cambiara de parecer y de cómo podríamos enfrentar la situación de la mejor manera si nos enfrentáramos a ella. Jean me dijo que comprendería mi dilema y que, por supuesto, le dolería mucho, pero que no se enojaría conmigo. Le dije que aunque no le podía prometer cómo me iría a sentir después del nacimiento de mi hijo, que no me esperaría hasta que se lo llevaran a casa para cambiar de idea. ¡Tendría que decidirme de una vez por todas en la sala de partos! Ya sabía que si cambiaba de idea antes de dar a luz, Jean y Alex se sentirían muy lastimados y, a como diera lugar, no quería cargar con ese peso en la consciencia. Ya estaban tan ilusionados con el bebé... Lo querían tanto, ya lo consideraban su hijo. Entonces, acariciándome la panza tiernamente, empecé a hablarle a Anderson. En las noches le decía cuanto lo quería y lo importante que era para mí, ¡y creo que me respondió con unas pataditas en las costillas!

De nuevo, Nate y yo empezamos a pelear. Le eché la culpa por mi situación. Le decía que lo odiaba y todos los insultos de siempre. Le gustaba mirar mi panza, pero no la tocaba y realmente no participó en mi embarazo. Pero sabía que me quería y que estaría ahí al nacer nuestro hijo. Conocí a la familia y a los vecinos de Alex y pasé un fin de semana con ellos en su casa. Hablamos mucho sobre el futuro de Anderson. En mi corazón, sabía que le iban a dar la vida que yo quería que mi hijo tuviera y también sabía que jamás me negarían la oportunidad ni mi derecho de ser parte de su vida.

No les había dicho a mis padres que estaba embarazada por miedo de cómo se irían a sentir. Pero eventualmente, con las llamadas del médico a la casa de mi mamá, tuve que decirle que estaba embarazada. Me pidió que fuera a la casa para hablar. La noticia le cayó muy duro a mi papá. Lloró y me pidió que me regresara a casa. Mis papás también querían conocer a Jean y Alex; se conocieron y enseguida se llevaron muy bien. También planearon visitas regulares para empezar a tratarse y conocerse mejor, lo cual fue bastante divertido. Juntos, íbamos a las clases prenatales de Lamaze y luego a Atlanta para conocer la agencia Independent Adoption Center. Empezamos a prepararnos para el nacimiento de nuestro hijo.

Eran las 3 ó 4 de la tarde. Nate y yo estábamos de compras y sentí un leve derrame de agua (líquido amniótico). Como tenía 20 años y estaba esperando mi primer bebé, esta experiencia me asustó un poco. Regresamos a casa. Esperé a mi mamá y luego le hablamos al doctor. Unas horas más tarde, ya estaba en el hospital y me iban a inducir (porque ya me había pasado unos cuantos días después de la fecha prevista).

Después de 15 horas, nació Anderson con un peso de 8 libras, 9 onzas. ¡Estaba sano y era adorable! El doctor me lo entregó y me acuerdo que sentí puro éxtasis. En ese mismo instante, cambié mi decisión sobre la adopción. Estoy agregando esta información porque sé que hay padres adoptivos y padres biológicos que van a leer esto, y quiero que comprendan claramente que es muy normal que una madre biológica cambie su decisión al ver nacer su hijo. NADIE sabe cómo se va a sentir hasta el momento en que nace esa criatura.

Miré a Anderson, luego miré a Nate y por algunos momentos sabía que no lo podía abandonar. Salir del hospital sin mi bebé sería como arrancar un pedazo de mi alma. Confieso que Nate y yo consideramos cambiar nuestra decisión, no porque no queríamos a Jean y a Alex, ni porque dudábamos de que en realidad nuestro hijo fuera a tener una mejor vida con ellos, sino porque estábamos completamente inundados de emociones y sentimientos que jamás habíamos sentido. Estábamos aterrados de perder a nuestro bebé. Ninguno de los dos estábamos preparados para el amor que íbamos a sentir en ese momento. Era asombroso. Creo que esto le pasa a la mayoría de las parejas en la sala de partos. Por la misma razón, si no existe una muy buena relación con los padres adoptivos prospectivos, algunos padres biológicos deberán procurarse la oportunidad de pasar un tiempo a solas para reflexionar. Pienso yo que la decisión de entregar un hijo en adopción realmente toma mayor significado en el momento que nace un bebé.

Solamente después de reflexionar largo y tendido sobre el hecho de que algún día iría a ser madre, como también sobre la realidad de mi situación actual, pude hacer las paces conmigo misma. Comprendí que había tomado la decisión correcta de entregar a mi hijo en adopción. Si no fuera por que me di cuenta de que algún día en el futuro volvería a tener un hijo y si no hubiera sido por todas las opciones disponibles que tenía, no creo que me hubiera sentido tan feliz y tranquila de haber entregado a mi hijo en adopción. Pero cuando se acercaron Alex y Jean y le entregué a Anderson en los brazos a Jean, y ví la expresión en su cara, me di cuenta luego luego que no era justo que me quedara con él porque les causaría muchísimo dolor a estas personas a quienes llegué a querer tanto. A pesar del profundo amor que tenía por mi hijo, y sólo Dios sabe cuánto amor una madre puede sentir por un hijo, sabía perfectamente bien que a los veinte años de edad, sin tener NADA, no sería posible que cumpliera con mi papel de buena madre. El ser padre o madre significa hacer todo lo posible por un hijo, todo el tiempo, a pesar de los sacrificios. Nate y yo sabíamos que lo mejor para Anderson era darle la vida que se merecía y esa vida era con Jean y Alex. Entregué este sueño de ser madre voluntariamente y fue el momento más horrible para mí. Pero, a pesar de toda la tristeza y el dolor que sentí, comprendí que había tomado la decisión correcta. Había elegido honrar a mi hijo en el sentido completo de la palabra. Este acto de amor es lo que me consuela hasta hoy en día.

Sólo tuve dos días de ser “mami”. Fueron dos días de intensa alegría pero también de insoportable tristeza. Me acuerdo cómo me desvelaba de noche mirando a mi hijo, pensando en cómo Dios podría haber creado un milagro asombroso como este pequeñito tan lindo. Él era como la realización de todos mis sueños. Le decía que lo quería mucho y que parte de mí siempre lo acompañaría y que no sabía cómo me iba a sentir en el momento de firmar esos documentos. Me quedaba mirándolo sin quitarle la vista, ¡sabiendo que había dado a luz al ser humano más bello, maravilloso y perfecto jamás creado! Traté de explicarle cómo me sentía. Le dije que me mataba tener que perderlo, que quería quedarme con él para siempre, pero a la misma vez, sabía que no era justo. Casi se me olvidó darles de comer a mis peces de tan distraída que estaba. El asunto es que apenas estaba aprendiendo cómo cuidarme a mi misma.  Quería que mi hijo supiera eso y que, además, merecía mucho más de lo que yo le iba poder ofrecer.

Escogí la adopción, no para entregarles Anderson a Jean y Alex, sino para entregarles Jean y Alex a mi hijo. Y a final de cuentas, ¡acabé entregando Jean y Alex a mi misma también! Ellos son mi familia. Los adoro. Son personas fantásticas. La felicidad total que ellos sienten al ser padres es algo que me trae mucha tranquilidad… mucha paz. Anderson es la luz de sus vidas; su alegría, energía, exuberancia son indudables pruebas para mí de que escogí a las mejores personas del mundo para criarlo. Puedo decir con toda sinceridad que he visto a muy pocos niños tan felices y seguros como Anderson. Y sus padres lo disfrutan de una manera que pocos padres saben aprovechar con sus propios hijos.

Nos mantenemos en contacto de muchas maneras, con visitas, llamadas de teléfono, correo electrónico, tarjetas, y todas las mismas cosas que hace cualquier familia. Anderson ahora tiene casi cuatro. Hasta ahora, todo va mucho mejor de lo que esperaba. Aun así, la relación requiere trabajo y dedicación porque es frágil. Hay tanta felicidad que a veces me olvido de mi situación hasta que la realidad se me arrima de repente. Y luego me duele un poco. Pero gracias al respeto, al amor y a la consideración que tenemos entre nosotros, seguimos adelante. Anderson es pura felicidad. Jean es como la hermana mayor y protectora que nunca tuve, y Alex es como una mascota irresistible que lo hace el mejor papá que se puedan imaginar. Me siento muy afortunada. Encontré dos personas que cumplieron sus promesas, me han incluido en sus vidas y me han permitido la dicha y alegría de ver a Anderson crecer. Tal vez todo esto represente algo egoísta de mi parte, pero lo más importante es que son magníficos padres y los quiero mucho por eso. No podría imaginar no tenerlos en mi vida por nada del mundo. Nate no ha sido tan afortunado, todavía lucha con sus propios demonios y se niega a compartir sus pensamientos conmigo. No ha visto a Anderson desde que tenía dos meses, pero yo le he mostrado todas las fotos. Lo quiere mucho. Espero que un día recapacite y pueda tener lo que yo tengo.


Podría continuar diciendo mucho más, pero esto es básicamente lo que sucedió. Si tienes cualquier pregunta o comentario, me puedes enviar un e-mail a la siguiente dirección electrónica: sydneysmommy613@hotmail.com, ¡y con todo gusto te contestaré!

Chrissy

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