Para empezar, conocí a Nate en la secundaria. Hemos sido novios desde que nos conocimos pero nuestra relación siempre ha sido inestable y hemos terminado y regresado muchas veces. Tuvimos una relación de co-dependencia muy enfermiza que nos causó mucho sufrimiento y dolor. Aún así, no cambiaría esta experiencia por nada en el mundo porque me ayudó a ser la persona que soy hoy y todavía lo quiero mucho. Vino a verme y trató de convencerme de tener un aborto. Nos peleamos. Su madrastra me pidió que fuera a verla y me dio una lista de las agencias de adopción en el área y me explicó que la adopción era realmente mi única opción. Estoy segura de que me echó todo un discurso sobre el tema pero no le hice mucho caso. Sabía con toda el alma que quería tener a mi bebé. Tenía mucho miedo y no sabía qué iba a hacer, pero de lo que sí estaba segura era de que quería criar a mi propia criatura y que no iba a entregar mi bebé a ningún desconocido. Leí las cartas llorando. Quería poder tener un bebé para cada una de esas mujeres. Ni siquiera leí las cartas de la gente que ya tenía hijos, aunque muchas de las madres biológicas con las que he hablado dijeron exactamente lo contrario. Desde mi punto de vista, la idea de querer tener un hijo tanto y de llegar a un hogar vacío me parecía mucho más triste. Entonces empecé a investigar dónde vivía la gente. Hubiera sido difícil para mí arreglar visitas para ir hasta el otro extremo del país. Por fin, encontré la pareja ideal. Eran TODO lo que yo quería. Tenían estabilidad y seguridad económica, tenían buenos valores familiares y no eran demasiado religiosos. También parecían muy amables y tiernos. Les hablé y les dejé un recado. Esa noche salí con Nate. Me devolvieron la llamada esa noche pero no me sentí lista para hablar con ellos en ese momento. No pude dejar de preguntarme a mí y a Nate la siguiente pregunta: “¿querrán tanto a mi bebé como yo?” Ahora me doy cuenta de que fue una pregunta tonta. Claro que iban a querer a mi bebé incondicionalmente. Yo también había sido criada por un hombre que no era mi padre biológico. ¡Y que no se le ocurra a nadie decirme a mí ni a él que no es mi papá! Ahora escuchen la historia de Anderson. Decidimos conocernos y yo estaba tan nerviosa. Me quedé pensando… ¿y qué tal si no me quieren?, ¿qué tal si piensan que soy muy bajita de estatura o cualquier otra tontería? El embarazo a veces juega con la mente, por si no lo sabes. Nuestra primera reunión fue muy buena y de repente me di cuenta que esta pareja eran los padres que estaba buscando. Me cayeron muy bien. Eran muy amables y felices y querían tener una relación como la que yo estaba buscando. Decidimos hablar por teléfono y pasar tiempo juntos para conocernos mejor antes de que naciera el bebé. Ahora que lo pienso mejor, me arrepiento de no haber incluido a mis papás en esta decisión. ¡Pero sólo con la experiencia llega la sabiduría! De nuevo, Nate y yo empezamos a pelear. Le eché la culpa por mi situación. Le decía que lo odiaba y todos los insultos de siempre. Le gustaba mirar mi panza, pero no la tocaba y realmente no participó en mi embarazo. Pero sabía que me quería y que estaría ahí al nacer nuestro hijo. Conocí a la familia y a los vecinos de Alex y pasé un fin de semana con ellos en su casa. Hablamos mucho sobre el futuro de Anderson. En mi corazón, sabía que le iban a dar la vida que yo quería que mi hijo tuviera y también sabía que jamás me negarían la oportunidad ni mi derecho de ser parte de su vida. Eran las 3 ó 4 de la tarde. Nate y yo estábamos de compras y sentí un leve derrame de agua (líquido amniótico). Como tenía 20 años y estaba esperando mi primer bebé, esta experiencia me asustó un poco. Regresamos a casa. Esperé a mi mamá y luego le hablamos al doctor. Unas horas más tarde, ya estaba en el hospital y me iban a inducir (porque ya me había pasado unos cuantos días después de la fecha prevista). Después de 15 horas, nació Anderson con un peso de 8 libras, 9 onzas. ¡Estaba sano y era adorable! El doctor me lo entregó y me acuerdo que sentí puro éxtasis. En ese mismo instante, cambié mi decisión sobre la adopción. Estoy agregando esta información porque sé que hay padres adoptivos y padres biológicos que van a leer esto, y quiero que comprendan claramente que es muy normal que una madre biológica cambie su decisión al ver nacer su hijo. NADIE sabe cómo se va a sentir hasta el momento en que nace esa criatura. Miré a Anderson, luego miré a Nate y por algunos momentos sabía que no lo podía abandonar. Salir del hospital sin mi bebé sería como arrancar un pedazo de mi alma. Confieso que Nate y yo consideramos cambiar nuestra decisión, no porque no queríamos a Jean y a Alex, ni porque dudábamos de que en realidad nuestro hijo fuera a tener una mejor vida con ellos, sino porque estábamos completamente inundados de emociones y sentimientos que jamás habíamos sentido. Estábamos aterrados de perder a nuestro bebé. Ninguno de los dos estábamos preparados para el amor que íbamos a sentir en ese momento. Era asombroso. Creo que esto le pasa a la mayoría de las parejas en la sala de partos. Por la misma razón, si no existe una muy buena relación con los padres adoptivos prospectivos, algunos padres biológicos deberán procurarse la oportunidad de pasar un tiempo a solas para reflexionar. Pienso yo que la decisión de entregar un hijo en adopción realmente toma mayor significado en el momento que nace un bebé. Solamente después de reflexionar largo y tendido sobre el hecho de que algún día iría a ser madre, como también sobre la realidad de mi situación actual, pude hacer las paces conmigo misma. Comprendí que había tomado la decisión correcta de entregar a mi hijo en adopción. Si no fuera por que me di cuenta de que algún día en el futuro volvería a tener un hijo y si no hubiera sido por todas las opciones disponibles que tenía, no creo que me hubiera sentido tan feliz y tranquila de haber entregado a mi hijo en adopción. Pero cuando se acercaron Alex y Jean y le entregué a Anderson en los brazos a Jean, y ví la expresión en su cara, me di cuenta luego luego que no era justo que me quedara con él porque les causaría muchísimo dolor a estas personas a quienes llegué a querer tanto. A pesar del profundo amor que tenía por mi hijo, y sólo Dios sabe cuánto amor una madre puede sentir por un hijo, sabía perfectamente bien que a los veinte años de edad, sin tener NADA, no sería posible que cumpliera con mi papel de buena madre. El ser padre o madre significa hacer todo lo posible por un hijo, todo el tiempo, a pesar de los sacrificios. Nate y yo sabíamos que lo mejor para Anderson era darle la vida que se merecía y esa vida era con Jean y Alex. Entregué este sueño de ser madre voluntariamente y fue el momento más horrible para mí. Pero, a pesar de toda la tristeza y el dolor que sentí, comprendí que había tomado la decisión correcta. Había elegido honrar a mi hijo en el sentido completo de la palabra. Este acto de amor es lo que me consuela hasta hoy en día. Sólo tuve dos días de ser “mami”. Fueron dos días de intensa alegría pero también de insoportable tristeza. Me acuerdo cómo me desvelaba de noche mirando a mi hijo, pensando en cómo Dios podría haber creado un milagro asombroso como este pequeñito tan lindo. Él era como la realización de todos mis sueños. Le decía que lo quería mucho y que parte de mí siempre lo acompañaría y que no sabía cómo me iba a sentir en el momento de firmar esos documentos. Me quedaba mirándolo sin quitarle la vista, ¡sabiendo que había dado a luz al ser humano más bello, maravilloso y perfecto jamás creado! Traté de explicarle cómo me sentía. Le dije que me mataba tener que perderlo, que quería quedarme con él para siempre, pero a la misma vez, sabía que no era justo. Casi se me olvidó darles de comer a mis peces de tan distraída que estaba. El asunto es que apenas estaba aprendiendo cómo cuidarme a mi misma. Quería que mi hijo supiera eso y que, además, merecía mucho más de lo que yo le iba poder ofrecer. Escogí la adopción, no para entregarles Anderson a Jean y Alex, sino para entregarles Jean y Alex a mi hijo. Y a final de cuentas, ¡acabé entregando Jean y Alex a mi misma también! Ellos son mi familia. Los adoro. Son personas fantásticas. La felicidad total que ellos sienten al ser padres es algo que me trae mucha tranquilidad… mucha paz. Anderson es la luz de sus vidas; su alegría, energía, exuberancia son indudables pruebas para mí de que escogí a las mejores personas del mundo para criarlo. Puedo decir con toda sinceridad que he visto a muy pocos niños tan felices y seguros como Anderson. Y sus padres lo disfrutan de una manera que pocos padres saben aprovechar con sus propios hijos.
<< Regresa a más historias de Madres Biológicas
|

La Historia de Crissy