La Historia de Lydia Coraje, resentimiento, amargura, culpabilidad y frustración. Estas palabras negativas son tan potentes. Y son precisamente las emociones que se apoderaron de mi corazón, mente, cuerpo y alma y que me estaban haciendo pedazos. Siempre me había asegurado de no ser una mujer que traería a un hijo no deseado al mundo – pero increíblemente, me encontré - ¡embarazada! Me embaracé de un hombre a quien realmente no quería… era solamente un amigo y un día no aceptó un “no” por respuesta. Le tenía mucha rabia, pero sabía que lo tenía que perdonar y seguir con mi vida. ¿Pero cómo? Todas las noches me echaba a la cama desesperada, llorando hasta que me quedaba dormida. Comía muy poco. Apenas podía hacer bien mi trabajo. Tuve que tomar decisiones importantes pero mi estado mental no me lo permitía. Sabía que mi hijo tendría una vida, pero mi dilema era si la iba a tener conmigo o sin mí. La primera persona que fui a ver después de ser violada fue nuestro médico familiar. Estaba tan humillada que no podía ni explicarle lo que me había pasado. Me pidió que me hiciera el examen de embarazo pero el resultado salió negativo; a pesar de esto, sabía que estaba embarazada. Una semana más tarde, fui con el ginecólogo después de hacerme la prueba de embarazo en casa y finalmente, después de dos increíbles meses de vivir con esta incertidumbre, mi embarazo fue confirmado. Fui a un centro de “servicios familiares” en mi área para obtener asesoría psicológica y recibí buena ayuda e información sobre la adopción. Llamé y hablé con casi todas las agencias de adopción que había en las páginas amarillas. Empecé a leer e informarme sobre todo relacionado con la adopción. Descubrí que en los trámites requieren el nombre del padre biológico. Lo que más me sorprendió fue descubrir que hubiera sido más fácil para mí obtener un aborto que entregar a mi hijo en adopción. Al principio, recé mucho por perder el niño en un aborto natural. Pero pronto mis oraciones fueron enfocadas en otra intención, la de encontrar nuevos padres para mi bebé, a pesar de que ni idea tenía de quienes iban a ser. Encontré Independent Adoption Center en el periódico. Cuando llamé la primera vez fue durante un fin de semana y contestó el director; yo estaba tan confundida y alterada, pero su esposa trató de apaciguarme. Los dos me explicaron la forma en que el centro me iba a poder ayudar. Me aseguraron que no estaba sola a pesar de donde viviera. Enseguida recibí información sobre adopción y empecé mi relación con el centro. Éste era una agencia sin fines de lucro y me ayudaron a anticipar las posibles fases y emociones que iba a experimentar, me preguntaron muchas cosas sobre mi bebé y la familia que buscaba. Me ayudaron tanto. Ya no me sentía tan afligida porque mucha gente habló conmigo y me dijeron que no tuviera miedo. Llamé a parejas que estaban esperando adoptar y a otras que ya habían establecido una relación con una madre embarazada. En todas mis llamadas no hubo más que pura compasión e interés en mi bienestar. Muchas de las parejas me alentaron a llamar de nuevo y dejarles saber como seguía. ¡Qué increíble! ¡Lo más sorprendente para mi fue el CONTROL que tuve en todo este proceso! y especialmente el control de mi propia vida. Con el apoyo de mi familia, mi patrón y su esposa y unos cuantos amigos, pronto dejé de ser un caso mental. Empecé a tomar buenas decisiones; comencé a sentirme más sana, me cuidé a mi misma y al bebito creciendo dentro de mí. La verdad es que me sentí fabulosa. La familia me llevaba a pasear a diferentes bosques nacionales y nos íbamos de día de campo. Estudiábamos la Biblia en las casas de sus parientes y me llevaban a mis consultas médicas con el doctor y en el hospital. Mi doctor fue muy comprensivo y compasivo y me confortó mucho durante mi apuro. Me sentí muy cómoda y supe que todo iba a salir bien. Al día siguiente, decidí tomarlo en mis brazos. Me quedé con la familia hasta que estaba lista para regresar a casa. Me sorprendió que no me sintiera triste y arrepentida como los asesores psicológicos habían dicho que probablemente me sucedería. Sí me acuerdo de una tarde cuando sentí celos por la alegría que estaban disfrutando los padres adoptivos, pero enseguida me acordé de que yo también era una parte muy grande de su felicidad. Sabía que mi propia felicidad con un esposo e hijos vendría más tarde. Sé que esa familia es más feliz y más realizada porque tienen un hijo especial llamado Brett. Ahora no me siento avergonzada ni apenada por el embarazo que tuve. Estoy orgullosa de la decisión que tomé. De vez en cuando la familia se comunica conmigo. Bárbara me habla cuando menos lo espero simplemente para saludarme y agradecerme. Es maravilloso. Ahora estoy casada y tengo otro hijo. Mi vida ha continuado. Le doy gracias a Dios por haberme ayudado a ser una mejor persona a través de los retos que superé.
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